Jan Hus:* El Ganso de Bohemia

 

Por William P. Farley


Photo: Courtesy of the Billy Graham Center Museum, Wheaton, ILL.

El 6 de julio de 1415, Jan Hus descendió de la plataforma de madera en la catedral de Constancia. Miles de ansiosos ojos lo seguían. Él acababa de oír un sermón basado en Romanos 6:6 “para que el cuerpo del pecado sea destruido”. Hus era el “cuerpo del pecado”. Este era el día de su condena y ejecución.

Siete obispos avanzaron y le quitaron los inmundos trapos, infestados de piojos que había llevado en la cárcel. Le pusieron limpias ropas sacerdotales. Le pusieron un cáliz de vino en la mano derecha. Luego, para simbolizar su degradación del sacerdocio, le arrancaron del cuerpo los mantos sacerdotales y le arrebataron el cáliz. Le encadenaron a la espalda las descarnadas, enjutas manos y lo llevaron a recibir el aterrador castido del día para los herejes—ser quemado en la hoguera.

Las autoridades lo protegían con soldados armados. Estaban nerviosos. Hus era muy popular entre la vasta multitud que se apiñaba en el camino que lo llevaría a su ejecución. Sus sencillos sermones predicados en el dialecto común —no en el latín usado por la mayoría de los sacerdotes— habían conmovido sus corazones de campesinos. Reconocían a primera vista la santidad y la pureza. Hasta sus enemigos más estridentes no encontraban ningún defecto en su carácter moral.

Para complicarlo todo, la mañana de su juicio (el 7 de junio) un eclipse lunar oscureció al sol por varias horas. Esto convenció más a la gente de que Dios no se agradaba con el brutal, injusto trato que las autoridades católicas romanas daban a Hus. Todos los nervios estaban de punta a medida que Hus caminaba hacia su ejecución.

El verano de 1415 fue uno de gran confusión. El cristianismo estaba dividido entre tres rivales que competían por el trono papal. Cada uno decía ser sí infalible, y cada uno usaba su poder para excomunicar y condenar a sus competidores. El emperador había convocado al Concilio de Constancia para resolver la confusión. Hus, bajo promesa de darle seguro pase, había sido invitado para que explicara sus controversiales puntos de vista sobre las enseñanzas del reformador inglés John Wyclif.

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Cuán inocente había sido Hus en confiar en la promesa del emperador. Hacía sólo 10 meses que había salido de Praga rumbo a Constancia. Su reputación de poder espiritual, santidad, y elocuencia lo había precedido. Grandes multitudes se apiñaban a los lados del camino elogiándolo. Fue festejado por las autoridades y se le pidió que predicara en la catedral de cada ciudad. Y el pueblo no se desilusionaba con el mensaje de Hus. Él daba énfasis al avivamiento moral, espiritual, y doctrinal, y protestaba contra la corrupción del clero. El pueblo, con hambre de la sencillez y del poder de la Palabra de Dios, escuchaba entusiasmado.

Poco después de su llegada a Constancia, el emperador maliciosamente no cumplió con su promesa. El día de su ejecución, Hus cojeaba con su quebrantado cuerpo extenuado por 7 semes de encierro en una subterránea celda medieval infestada de ratas. Al caer la noche el carcelero lo encadenaba a la pared de piedra de la celda. Dolores de muelas, piedras en la vesícula, fiebres y ataques de vómitos lo habían atormentado persistentemente. En una ocasión casi murió de hambre, pero el emperador le dio de comer para que las autoridades no fueran deprivadas de llevarlo a la hoguera.

Las desilusionadas multitudes lo miraban pasar silenciosas. Parecía que dondequiera que Dios levantaba a un líder de verdad e integridad, las autoridades lo destruían. Aunque estaban acostumbrados, no podían hacer nada, y se sentían amargados y cínicos. ¿Será culpable de verdad? se preguntaban algunos. Quizás las autoridades tenían razón.

Las cadenas le herían las muñecas, y con la poca fuerza que le quedaba luchaba por erguir su emaciado cuerpo. Ser quemado en la hoguera era algo horroroso. Los afortunados morían rápidamente. Pero para algunos, se tomaba 45 minutos o más. ¿Cuánto se le tomaría a él? Las palabras de Pablo de 2 Corintios 4:17,18 quizás le daban ánimo: “Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.” Él le había escrito a un amigo diciendo que Dios, o apagaría las llamas, o le daría la valentía para soportar la ardiente prueba. Él confiaría en Dios, no en sí mismo.

RECUERDA SU JUVENTUD

Cuán irónico que él muriera por las verdades que John Wyclif había recobrado. A diferencia de Hus, su héroe había muerto en la cama.

La primera vez que Hus fue expuesto a los escritos de Wyclif fue cuando Hus estaba terminando los estudios para su título en la Universidad de Praga. Al principio Wyclif lo ofendió. Demasiado radical, pensó. Tan diferente de las tradiciones que enseñaban otros. Pero cuando fue a la Biblia, sus argumentos contra el razonamiento de Wyclif se disolvieron. Era material revolucionario, pues Wyclif enseñaba que la libertad de conciencia y el sacerdocio de todo creyente que siguen a la elevación de la Escritura estaban sobre las enseñanzas de los hombres.

Hus sabía por intuición cuán costosas serían estas radicales ideas. El cemento que unía al cristianismo era la autoridad del papado. Poner la Ecritura en un plano mayor que el del Papa era amenazar la misma tela de la vida y cultura medievales.

Recordaba sus felices años en la Universidad de Praga cuando él y sus amigos leían a Wyclif, y luego la Biblia para ver si Wyclif tenía razón. Se reunían para hablar de las radicales verdades de Dios y orar. La Universidad de Praga estaba a la vanguardia, y había un sentido de gran exhilaración al vivir en medio de un cambio tan radical.

UN MINISTERIO DE PODER

Aunque él era un estudiante mediocre, se recibió con dos títulos. Recordaba el gozo de su ordenación y de su primera experiencia de predicar en el poder de Dios. Su don le abrió camino. En 1402, cuando tenía 30 años de edad, la Bethlehem Chapel [Capilla Belén], la gran estación de predicación en Praga, le pidió que fuera su pastor. Ahí él predicaba la Palabra de Dios dos veces al día. Una unción poco común estaba sobre él. En poco tiempo, las hambrientas multitudes se desbordaban por las calles circundantes.

Él recordaba cómo su creciente gozo en la Palabra de Dios en Bethlehem Chapel igualaba su creciente detestación de las iniquidades cometidas por sus compañeros sacerdotes. El celibato era un chiste. Muchos clérigos flagrantemente vivían con concubinas. Algunos tenían hijos y nietos. Cómo había aumentado su ira cuando el Papa Juan XXIII comenzó a vender el perdón de los pecados a ignorantes campesinos para así levantar un ejército y hacer guerra contra la ciudad de Nápoles.

Como Juan el Bautista, fue profundamente agraviado por el rey, los nobles, los prelados, los clérigos, y los ciudadanos que todos a una se indulgían en avaricia, orgullo, borrachera, lascivia, y toda clase de libertinaje. En medio de todo esto él permaneció como una conciencia encarnada. ¿Quién se puede erguir a una tarea semejante? Él no pudo. Era necesario tener el ánimo y la fortaleza de Dios.

Él había gozado de 12 buenos años en la Bethlehem Chapel. Fueron los mejores de su vida. Con gozo él vio a Dios usar su predicación para cambiar a miles de corazones y vidas. Hasta la reina le había pedido que fuera su confesor. La ciudad de Praga, y toda la nación de Bohemia, había comenzado a volverse a Cristo. Inspirado por el contenido de los escritos de John Wyclif, él seguía predicando la Palabra de Dios.

Él comprendía que su creciente fama y popularidad amenazaban el control papal de Bohemia. Recordaba el interdicto que el Papa impuso en Praga. Para proteger a Praga, él se alejó al campo. Y ahora se encontraba aquí. Él siempre había dicho: “Es mejor morir bien que vivir mal.” Necesitaría de toda la gracia de Dios para morir bien.

El mariscal le puso al cuello el mohoso collar de hierro y lo aseguró a la estaca de metal. La silenciosa multitud miraba aprensivamente. Los soldados amontonaron la paja y la madera hasta llegarle a la barbilla.

Quizás él pensaría: ¿Dejaré algún legado?¿Ha sido en vano mi vida? Pero Dios había prometido: “Silenciarán al ganso (Hus quiere decir ganso en el idioma checo), pero dentro de 100 años de sus cenizas levantaré a un cisne que nadie jamás podrá silenciar.” “Dios mío, dame fortaleza”, oró. “Mi esperanza está en ti. No tengo ninguna fuerza en mí.”

Luis de Bavaria, el mariscal, se acercó y rogó a Hus que renunciara a sus errores y así preservara su vida. “¿A qué errores he de renunciar?” preguntó Hus. “No soy culpable de ninguno. Llamo a Dios como testigo de que todo lo que he escrito y predicado ha sido con el propósito de rescatar a las almas del pecado y la perdición; y por lo tanto, con el mayor gozo confirmo con mi sangre esa verdad que he escrito y predicado.”

El mariscal ordenó que se encendiera el fuego, y a medida que subían las llamas, Hus comenzó a cantar “Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí.” Después de tres versos las llamas ardían furiosas y apagaban la voz de Hus. Por fin cesó de cantar. Fortalecido por la gracia de Dios, Hus pereció para la gloria de Dios en el horno del martirio. De tales hombres este mundo no es digno.

Posdata

Cuando llegó a Praga la noticia de la traición de Juan y de la muerte de Hus en la hoguera, irrumpió el desorden civil. La gente había probado la verdad de la predicación de Hus y no podía volver atrás.

El Papa levantó un ejército de 150.000 e invadió a Bohemia. Desesperanzados y rezagados, los ejércitos husitas fueron dirigidos por Jan Zizka, un valiente soldado con un solo ojo, a 5 victorias consecutivas a través de 15 años. Los triunfos de los husitas, con Zizka como caudillo, comprenden uno de los relatos más maravillosos, aunque poco mencionado, de la historia. Usando tácticas con 200 años de adelanto – y a veces rezagados de 10 a 1 – Zizka movilizó a un ejército de campesinos y repetidamente vencieron a los mejores ejércitos profesionales de Europa. “Un mayor milagro no se ha encontrado en los anales de la guerra”, escribió Lynn Montross.

Dios cumplió con su promesa a Hus. Ciento dos años después, Martin Lutero clavó las 95 tesis en la puerta de su iglesia en Wittenberg, y así comenzó la Reforma. Jan Hus no murió en vano.

 

Fuente:

http://ag.org/enrichmentjournal_sp/200303/200303_114_His_story.cfm

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